Mi nombre completo es Manuel Antonio De La Hoz Racedo y me dedico a la escritura de novelas a tiempo completo desde hace siete años. En ese tiempo he sido capaz de escribir las tres novelas y los varios relatos de horror que se encuentran en está página web.
Nací el seis de abril de mil novecientos noventa y tres en la ciudad de Barranquilla, Atlántico. Y aunque no desperté el gusto por los universos de papel hasta la temprana adultez (19-20 años), ya desde niño disfrutaba imaginando historias en la soledad de mi habitación usando los juguetes que en ese entonces poseía: naves espaciales, vaqueros, Superman, Mickey Mouse, Spiderman, Venom y otros más. Solía imaginarlos en situaciones horrendas como guerras, masacres y traiciones, así como también caminando por las callejuelas de ciudades antiguas, ruinosas, desoladas, misteriosas y con algunas criaturas desconocidas que se arrastraban entre las mismas ruinas que años después terminaría escribiendo en mis novelas. Solía llevar conmigo estos juguetes a todas partes, metidos en mis maletines del colegio o en los bolsillos de mis pantalones para sacarlos cuando quisiera y así despejar de mi vista el tedioso mundo de los adultos al cual me vería arrastrado, en contra de mi voluntad, como cualquier otro ser humano en este planeta.
El tiempo pasó, crecí y entré a la universidad. La constante exposición a nuevas ideas y también a las dispares personalidades de otros jóvenes impactó mi natural introversión; transformándome en alguien más abierto y menos taciturno. Hacía años que ya no jugaba con juguetes. Sin embargo, las historias que imaginaba de ellos seguían ardiendo en mi interior. Me dormía pensando en ellas, pero todavía no las escribía, pues desconocía la disciplina necesaria para escribir libros hasta que me crucé con una novela titulada Tokio Blues, de Haruki Murakami. Aquella fue una experiencia mágica. Recuerdo que la leí no porque me interesara la novela o porque fuese un ávido lector como lo soy ahora, sino para impresionar y tener temas de conversación con una chica de cabellos rizados y gafas de montura circular que sí era una ávida lectora y que hablaba enamorada de un personaje del libro llamado Watanabe. Grata fue la sorpresa que me llevé cuando también terminé enamorándome no solo de la chica de cabellos rizados y gafas de montura circular, sino también del Naoko, un personaje del libro que era amiga de Watanabe: ambas mujeres, la ficticia y la real, avivaron la llama de amor que siento por las historias y que siempre tuve adentro, pero que no se manifestó en su totalidad hasta varios años después. A ambas les debo mi amor por la lectura.
Es el año dos mil diecinueve, aun no escribo un solo párrafo, pero gracias a Naoko y la chica de cabello rizado, hacía años que ya era un ávido lector. Para ese entonces había fallado dos veces en terminar mi carrera de comunicación social y periodismo por problemas psicológicos, emocionales (dos intentos de suicidio) y abuso de sustancias. No tenía propósito, no tenía amigos, no tenía motivación. No tenía nada. Sin embargo, todavía rondaban en mi cabeza las mismas palabras que siempre contestaba cuando me preguntaban: ¿Qué aspiras en la vida? ¡CONTAR HISTORIAS! Entonces me encerré en mi cuarto (actividad que encontré fácil de hacer debido a que ya lo hacía desde niño para jugar con juguetes). Abandoné la mayoría de mis vicios (excepto el vino) y empecé a escribir y a correr maratones como un maniaco. He escrito tres novelas, varios relatos cortos, y corrido cuatro maratones desde entonces.
Honestamente desconozco el destino de esta obsesión. Desconozco si soy un buen autor, desconozco si soy un buen lector, desconozco si mis palabras y deseos no son más que los sueños y los mundos oníricos sacados de la profunda imaginación de un niño y ahora un adulto loco, pero si conozco el camino de dónde vengo. Y haber caminado por esas calles oscuras de mi propia personalidad no hacen más que animarme a seguirlo intentando por el resto de mi vida, pues considero que no venimos a este mundo precisamente a ser felices, la felicidad es más efímera que un estornudo, sino que venimos a vivir con propósito.
Los personajes de mis historias experimentan emociones que convergen entre la traición, el desamor, la envidia, la melancolía y la culpa mezclada con una atmosfera de horror sobrenatural y fantasía. En pocas palabras, ninguno es un abanderado de la moral, pero sí son humanos como cualquier otro con su infinidad de matices, virtudes y defectos.
